“Ya que me han matado a mi hija, que su muerte mejore la Justicia”

Artículo, publicado en El Huffington Post, de Filóloga, editora, feminista.

 

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El 24 de julio de 2013, mi hija Carla, después de haber pasado la mañana trabajando, haciendo localizaciones en parques y jardines madrileños para el programa Cantacuentos de Disney, se subió al tren Alvia con destino a Santiago de Compostela donde la esperaría su amiga Ana para pasar unos días de descanso y a la vez ir avanzando en un prometedor proyecto audiovisual común. La tarde del 23 me comentó que, dada la distancia y el madrugón que se iba a dar ese día, se iba definitivamente en tren: era más seguro. Fue a casa de su padre a cambiarle una maleta porque él marchaba a Copenhague a ver a nuestro hijo Fernando. Todo normal y hasta festivo. El 24 hablé con ella ya sentada en el tren, y luego la llamé a las 19.30 para que me aconsejara sobre una tableta de Apple que quería comprarme porque en la FNAC hacían un 25% de descuento. Y me iba para allá. “¿Descuento en Apple, mamá? No creo. Pásate, haz fotos a las etiquetas con las características y esta noche o mañana hablamos”. Y sí hablamos sobre cómo iba el viaje, estaban llegando a Orense con algo de retraso. Vida cotidiana armónica.

Y fin. No he vuelto a hablar con ella nunca. Nunca más he oído su voz. Ni puedo, ni podré hacerlo jamás. Sé su último WhatsApp. Eran más de las 20.30. Ya habían anunciado en Santiago la entrada y la vía del tren, lo mismo en Alvia, y Carla preguntó a Ana que dónde se iban a encontrar para no perderse, pues además tenía poca batería; y ella, socarrona, le respondió: “¿Perderte? Guapa, ¡¡que vienes a Santiago, no a Nueva York!! Estaba a cinco minutos de bajarse. Y pienso que mientras leía ese mensaje en la pantallita con la sonrisa en los labios, unos enormes hierros tuvieron que írsele encima destrozándole la cabeza y llevándosele media cara: traumatismo craneoencefálico severo, muerte inmediata. No sufrió, no tuvo que esperar doce horas a que la rescataran con vida para luego morir en el hospital, como sé de otra viajera. Pero murió sola, y no sé cuánto tardaron en recogerla, ni si le pusieron una mantita, porque era friolera.

Mientras esto sucedía en Angrois-Grandeira, yo estaba en la Fnac viendo tablets. Y como hacía buena tarde-noche, me fui andando a casa. Al llegar, no sé por qué, puse el canal 24 horas de TVE y tuve que verlo y oírlo dos o tres veces porque no lo creía. Eran las 10 de la noche. Cuando lo comprendí, me lancé al móvil buscando el mensaje de “Mami, tranquila, estoy bien. Hablamos”. Pero no estaba. Y llamé y no lo cogía, y volví a llamar y nada y otra vez y nada y nada. “Vaya momento para quedarse sin batería”, pensé. Entonces necesitaba el teléfono de Ana que no tenía y debía localizar a través de otras amigas. Pero, si está con Ana, me hubiera llamado, ¿no? Cuando una hija está independizada, los nombres de las amigas y de los amigos se conocen, pero no así sus teléfonos, aunque siempre hay uno, en este caso el de Violante, que fue el que abrió el camino hasta Ana. Mientras llegaba ese deseado teléfono (el más), y como mi prima Maria Teresa estaba en Santiago de pasada, le pedí que hiciera gestiones como pudiera. Llamé además a mi amiga Ana Balseiro, periodista de Economía en La voz de Galicia, para que me tuviera informada de lo que supiera y le llegara. Sobre todo, pedía las listas de los nombres en los hospitales.

Por fin localicé a Ana. Estaba muy nerviosa y afectada porque tampoco se había comunicado con ella y la imaginaba perdida, el teléfono roto y ella dando tumbos en un campo dantesco desconocido, atontada por algún golpe de índole menor. Y empezó el caos y la desesperación: en la pantalla del 24 horas daban teléfonos en los que supuestamente informaban, pero como nada sabían, nada informaban. Sola en casa, llamé a mi hermano, Ramiro, su tío, que vino de inmediato y tratamos de ver lo que se hacía. El contacto con Ana y José Luis ya era constante: se va a poner una oficina informativa en el SAR. Es que en Angrois no dejan entrar a nadie para que bomberos y sanitarios puedan trabajar. Por supuesto, aún no conocíamos la magnitud del descarrilamiento. A pesar de que TVE no hacía nada más que pasar la secuencia del tren estrellándose y matando gente una y otra vez, una y otra vez, muerte tras muerte. No lo miraba. Ana insistía: “Estará en alguna clínica o sentada en un rincón, la pobre, sola”. Y ya eran las once de la noche. “Vámonos para allá”, decía mi hermano. “Vamos a esperar un poco”, decía yo, como exorcizando el mal, vade retro. Verás qué pronto sale. Carla es prudente y suertuda. Ya había once muertos. A ella no le puede pasar. Estará en shock, pero en cualquier momento va a salir estupenda. Se impuso mi hermano con principio de realidad: “Nos vamos. Seguro que todo está bien y lo celebramos con una mariscada”. “Yo quiero empanada”, dije. Sacamos dos billetes en el primer avión para Santiago a las 6.30. Preparé una maletita con ropa para hospital: camisón, bata, aseo, algún vestidito, porque su equipaje lo daba por perdido. Y seguí en contacto con Ana y José Luis.

Así llegamos a Santiago mi hermano y yo, más un montón de periodistas, cámaras y algunos políticos, donde nuestros amigos nos acompañaron hasta el SAR. Una oficina de información muy bien organizada.

Porque me la han matado: ella no es una suicida, no ha cogido el coche para darse un palizón en la carretera, no ha hecho balconing, no practica deportes de riesgo, no se baña en playas con bandera roja, ni hace acampadas de supervivencia.

Los responsables reunieron en una asamblea a los cientos de amigos y familiares que allí estábamos diciéndonos que había muchas personas accidentadas graves o con estrés postraumático en distintos hospitales, y que nos iban a pedir datos por grupos de familiares y amigos para localizar antes a nuestros seres queridos sin localizar, pues los bolsos y las maletas estaban la mayoría desperdigados. Y nuestro grupo entró en una salita y fue un rato muy emotivo y compenetrado, pues solo hablábamos de nuestra Carla: su pelo, ojos, estatura, demás datos físicos, dos cicatrices y lunares, pendientes: ¿Ropa?, “A saber lo que se ha puesto”; “seguro que de pendientes lleva los aros”; ¿y sortijas? “Uf, un montón, menuda es la niña” , “Ah, y zapatillas cerradas, que le dije ayer por la mañana que iba a llover”. “Pues seguro que llevaba la rebeca verde, seguro”. Y yo, como madre, les di saliva para la identificación por ADN. Eso fue a las doce de la mañana. Esperábamos la dirección del hospital para salir de allí.

A las tres de la tarde nos volvieron a llamar para decirnos que Carla se encontraba entre las primeras víctimas y que estaba muerta. Y ahí nos rompimos y se desencadenó el horror, el dolor, la desesperación, las maldiciones. El fin.

Porque me la han matado: ella no es una suicida, no ha cogido el coche para darse un palizón en la carretera, no ha hecho balconing, no practica deportes de riesgo, no se baña en playas con bandera roja, ni hace acampadas de supervivencia, no se pone ciega de sustancias fuera de control que te pueden dar un buen susto. Ella solo ha cogido un tren Alvia, la máxima calidad, LA MÁXIMA seguridad.

Ahí van unas fotos de los últimos meses; Semana Santa en Campello, Alicante: gamberreando con Ana. Abril: feliz porque se casa su amiga Lidia, y Susana está de testigo. Mayo: que llega el deshielo, paseo a Peñalara. Junio: estreno con Ana, la obra Hostias como panes. Julio: faltan las de Almuñécar, guión y surf, y ya ni hay ni habrá más.

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Se lo está perdiendo todo. Y eso que la recuerdan y la llevan en el corazón quienes la han conocido y tratado, hasta sus compañeros de Aparte le han dedicado la película Perdiendo el norte, en la que debía haber intervenido. Tampoco ha conocido al niño de Susana, ni ha podido celebrar este año su cuarenta cumpleaños con toda su gente. No ha podido ser. Fundido en negro. Me la han matado. ¿Quién o quiénes lo han hecho? Sé que no ha sido un asesinato, intencionado; ha sido un homicidio (mejor dicho, ochenta), una muerte no buscada directamente, pero que la imprudencia, la insolvencia, la avaricia, la arrogancia y las malas prácticas y circunstancias propiciatorias han hecho posible.

El primero y principal es un maquinista que ha pasado por ese tramo más de cincuenta veces y que, si es consciente, tiene que estar a lo que tiene que estar. Y si está capacitado, con rigurosos informes médicos que debería tener y pasar, debería saber que en esos puntos kilométricos no puede controlar el tren, el aire acondicionado y el móvil a la vez sin poner en riesgo la seguridad del convoy y de los viajeros. Con frecuencia le deseo que tenga las mismas negras noches que paso yo. Y en días como hoy, peores.

¿Cómo es posible, con la ley en la mano, que se multe a un conductor de un coche yendo a la velocidad que sea pero inferior a 110 km/h, solo o acompañado, por el riesgo que supone, y se permita usar el móvil yendo a 300 km/h y transportando 400, 500 viajeros o más? Es una falta grave de quien ha marcado este protocolo de actuación. Y hay que saber quién lo ha autorizado para exigirle la responsabilidad que le corresponde.

¿Por qué Renfe ha suprimido la presencia del copiloto, al menos en las cabinas de la alta velocidad, en 2012? Esa llamada oficial de Pontedeume no hubiese distraído al maquinista.

¿Cómo se atreve Adif a proyectar un trazado de vía que sabe que no cumple la normativa AVE, que cuela como acceso a la estación en zona urbana y donde instala un sistema de gestión de tráfico europeo que no funcionaba desde hacía ya un año sin haber sido arreglado? Se trata de un sistema de control automático de velocidad que se materializa en unos bolardos o pivotes, cada uno de los cuales cuesta seis mil euros. En el caso de la curva donde se produjo el accidente, tomando en cuenta las dos direcciones, había que invertir sesenta mil euros, y casualmente todo se puso en marcha y se arregló en la semana siguiente de la pifia mortal.

Reflexión: ayer supimos que una directiva de Bankia no quiso firmar un contrato con una empresa de publicidad porque el coste le parecía excesivo. Y dijo: “Si lo quiere, que lo firme él o su secretaria”. Ese él y esa secretaria están imputados. Y solo se trata de dinero. Pues bien, en Adif, ¿hubo algún ingeniero que no quisiera firmar ese proyecto? ¿A quién o quiénes se lo encasquetaron? ¿Quién del departamento de Recursos Humanos de Renfe firmó la norma para que se suprimiera el puesto de trabajo del copiloto en la cabina de los trenes Alvia? Y aquí lo que entraba en juego eran vidas humanas. ¡Que salgan los nombres! ¡Que paguen por su irresponsabilidad y por sus crímenes dolosos!

Cuando Renfe retiró el segundo conductor o ayudante de cabina y dejó al maquinista solo ante el peligro, cometió una temeridad, porque puso un tren de alta velocidad en manos de una sola persona que puede tener un bajón de azúcar, un mareo o ser más o menos fogosa.

Hay que inhabilitar o suspender del cargo a directivos y consejeros si en su ejercicio se produce una acción abusiva o catastrófica. Pasa con jueces, con profesores y con médicos. Se llama inhabilitación. Llevo más de dos años esperando que de este juicio salga la teoría Angrois-Carla, que consistiría en la inhabilitación para los consejeros de las grandes compañías cuando durante su mandato o participación se produjera un hecho doloso grave. El argumento es simple: si en los tiempos de bonanza y beneficios se dan bonus, reconocimientos, premios, nombramientos honoris causa, entonces si hay tiempos negros habrá que dar malus. Es decir, expulsar y penalizar a esos consejeros para que no puedan contaminar ni malobrar en otro consejo, aunque se trate de campos diferentes. Un consejero de Adif no podría ser consejero de ninguna compañía, ya fuere farmacéutica o naviera, por ejemplo. Es decir, por lo menos al paro, a la espera de las otras responsabilidades de mayor calado que la ley dirima.

Cuando Renfe retiró el segundo conductor o ayudante de cabina y dejó al maquinista solo ante el peligro, cometió una temeridad, porque puso un tren de alta velocidad en manos de una sola persona que puede tener un bajón de azúcar, un mareo o ser más o menos fogosa y más o menos avara, lo cual podría llevarla a forzar la máquina para conseguir los bonus personales por adelantar-recuperar retrasos, jugando con la vida de las personas. ¿No hubo ningún técnico que se negara a firmar este protocolo? Quienes lo idearon y pusieron en marcha, que sean castigados por práctica temeraria.

Y esta es ya la más terrible si cabe: ¿quién es el responsable del Ministerio al que le han llegado correos electrónicos de conductores pidiendo que se coloquen los sistemas de control de tráfico automático en la curva de Angrois y no ha hecho puñetero caso durante más de un año, hasta que llegó el descarrilamiento? Nombre y castigo.

Si todas estas personas físicas no acompañan al maquinista en el banquillo de los acusados, es que este juicio no busca que resplandezca la verdad y ser un modelo correctivo. Pues las leyes tienen fines punitivos pero también didácticos. Un castigo modélico, en el que los poderosos no puedan escaparse de sus malas prácticas, cumpliría el papel didáctico de mostrar fehacientemente, por un lado, que la Justicia es independiente y justa. Y por otro, alertaría a la sociedad de que esas malas prácticas no se toleran, frenando de esta manera muchas aventuras de arrogantes torticeros que llevan a la ruina física, moral y hasta la misma muerte a tanta buena gente que tanto hace por este país y que nada más y nada menos solo aspira a vivir.

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