Entrevista a Marcos Paradinas autor de ‘El Fin de la homofobia’

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La Fundación de Baltasar Garzón le propuso que escribiese un libro sobre Derechos Humanos, Marcos Paradinas se acordó de lo mal que lo había pasado una persona muy cercana suya en Portugal, quien fue insultado y amenazado por el simple hecho ir de la mano con su novio. De ahí nace El fin de la homofobia (Editorial Catarata). Obra imprescindible en un país que pese a ser el estado con mayor aceptación de la homosexualidad (según datos de Pew Research Center) en lo que va de año sólo en Madrid ya se han registrado 25 casos de agresiones homófobas y transfóbicas. Entrevistamos a Marcos Paradinas, redactor jefe de este periódico, para comprender cómo en un tiempo record, España ha conseguido pasar de lobotomizar a los gays a ser un ejemplo en el respeto a la diversidad sexual. 

P

La Fundación Baltasar Garzón te propone escribir un libro sobre Derechos Humanos y escoges abordar la problemática de la homofobia. A priori podría resultar llamativa la elección ante un catálogo casi infinito de ataques a la dignidad de las personas y los pueblos. ¿Por qué lo hiciste?

R.-

Pues porque quería tratar un tema cercano a la mayoría de los españoles. El catálogo de Derechos Humanos, como bien dices, es inmenso. Por fortuna, vivimos en un país donde bastantes de ellos se cumplen y no se persigue, al menos de manera alarmante, a las personas por su ideología política o por su raza. En cambio, sí tenemos en torno a un 10% de ciudadanos que cada día sufren discriminaciones o insultos y esas personas son nuestros amigos, nuestros familiares. Todos conocemos algún caso cercano y es por ellos por las que quería hacer algo. En este caso alzar una pequeña voz de alarma para que no perdamos la atención sobre estos problemas que no se resolvieron sólo con la aprobación del matrimonio igualitario.

P

Supongo que te lo habrán preguntado muchas veces. Pero tú, que eres heterosexual, escribes un libro contra la homofobia. ¿No es problemático que parezca que sólo los gays se atreven a hablar de homosexualidad? O dicho de otro modo. ¿Que todavía resulte extraño que un hetero defienda los derechos del colectivo LGTBI no denota un grave problema de homofobia en España?

R.-

La verdad es que sí me lo han preguntado y, como te decía, siempre hay razones personales. Por suerte, a día de hoy nadie ve raro que Baltasar Garzón defienda a las víctimas del dictador de Senegal y sea blanco, por ejemplo. Pero sí es cierto que esa extrañeza, que también ocurre cuando un hombre defiende los derechos de la mujer, demuestra que seguimos siendo un poco carcas en los temas que están relacionados con el sexo y el género. A fin de cuentas, de lo que se trata es de defender los derechos humanos y a las personas que conforman nuestra sociedad. Porque todos estamos juntos en el mismo barco y queremos que siga a flote.

P

Lo cierto y verdad es que en apenas unos años, España ha pasado de lobotozimar gays a ser el país más tolerante del mundo con la homosexualidad. ¿Crees que se podría revertir la situación a igual velocidad o la tolerancia alcanzada en nuestro país es un punto de no retorno?

R.-

Los puntos de no retorno no existen. Ya se sabe que los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla y la idea del libro es que se recuerde lo que vivimos hace años. En el siglo XIX se despenalizó la homosexualidad en cuatro ocasiones. La condena volvió con Primo de Rivera, se eliminó con la Segunda República y Franco la restauró con la Ley de Vagos y Maleantes de 1954. Bajar la guardia puede suponer que la situación se revierta incluso a mayor velocidad. En los últimos años, Francia se ha convertido en el país en el que más ha caído la aceptación social a la homosexualidad, por culpa de la agresiva campaña de la derecha por la aprobación del matrimonio y la adopción por parte de personas homosexuales.

P

Las encuestas hablan de mucha tolerancia hacía los gays en España pero en lo que va de año ya se han atendido 25 agresiones homófobas sólo en Madrid. ¿Cómo es posible? ¿Mienten las encuestas o las agresiones deben ser consideradas como casos aislados?

R.-

No creo que las encuestas mientan, pero desde luego que no reflejan la realidad, que seguro es aún peor. Puede haber algún caso en el que una agresión pueda parecer homófoba y luego no lo haya sido, pero en general el problema es al revés. Muchas personas sufrirán homofobia y se lo callarán, bien por vergüenza, bien porque aún mantienen su orientación sexual en secreto. Y muchos casos se dan en las escuelas, donde los menores LGTBI tienen el triple de probabilidades de suicidarse por el acoso escolar que sus compañeros heterosexuales. Esos datos están refrendados por las noticias de los medios, por los testimonios de las víctimas y las marcas de sus heridas.

P

Pese a la tolerancia actual, en la entrevista que le realizas en el libro, José Luis Rodríguez Zapatero reconoce que si el PSOE hubiese hecho un referéndum sobre la legalización de la adopción homosexual lo habrían perdido. ¿Llevaban entonces razón los que le acusaron de acometer un proyecto de ingeniería social?

R.-

El problema del término “ingeniería social” es que se ha convertido en algo negativo, y así lo utilizaban contra Zapatero. Pero, en realidad, cuando se prohibió por primera vez el asesinato también se estaba haciendo ingeniería social. Hoy, nadie ve mal que se castigue a un asesino, y nadie debería ver como una aberración que dos personas que se quieren, sean del sexo que sean, puedan formar su propia familia. En la entrevista, Zapatero compara esa decisión de ir contra la mayoría de la sociedad de aquel momento con los llamamientos actuales a someter todas las decisiones a referéndum. Él quería dar valor a la responsabilidad política que recibe todo dirigente cuando es votado y, al menos en este caso, yo creo que acertó.

P

¿Hubo unanimidad en el PSOE respecto a la aprobación del matrimonio homosexual? Y a este respecto, ¿qué papel jugó realmente Pedro Zerolo de cara a la aprobación del matrimonio gay?

R.-

No, no hubo unanimidad y habría sido la primera vez que la hubiera. La unanimidad no siempre es positiva y a veces viene bien saber qué posiciones en contra te puedes encontrar fuera de tu círculo. En el PSOE había sobre todo dudas entre el sector más veterano, pero también entre quienes estaban muy preocupados por esas encuestas de las que hablábamos antes, sobre todo con la adopción. Pero ahí tuvo mucha importancia la amplia entrada de gente joven en la dirección con el ascenso de Zapatero y, sobre todo, de muchas mujeres que hacía tiempo que habían entendido que los homosexuales eran sus compañeros en la lucha contra el machismo. Y, entre los que más aportaron siempre estuvo Pedro Zerolo, cuya entrada en la Ejecutiva socialista supuso una gran normalización y visibilización para el colectivo. Pedro protagonizó una lucha incansable dentro del partido y también con la sociedad para que todos viésemos como normal lo que él ya había entendido hacía tiempo.

P

¿Falta entonces un Pedro Zerolo o un Rodríguez Zapatero en países como Italia, que pese a las pretensiones iniciales al final acaban aprobando una versión descafeinada del matrimonio gay?

R.-

A lo mejor podría haber influido una figura de ese calado. Pero Italia es un país con una idiosincrasia propia. Por una parte, tiene una composición política muy complicada, que ahora vamos a vivir aquí, y allí el Gobierno no tiene una mayoría suficiente para aprobar una ley en condiciones. Hay que tener en cuenta que el líder del partido Nueva Derecha, que ha exigido rebajar tanto la ley, es Angelino Alfano, el ministro del Interior del Gobierno que dirige un presidente de izquierdas. Un embrollo al que, por otra parte, se suma la influencia de tener al Vaticano instalado en Roma. Los estudios demuestran que cuanto mayor es el sentimiento religioso en un país, mayor es el rechazo a la homosexualidad. Y ojalá Italia logre pronto respetar los derechos de sus ciudadanos, porque es un país muy similar a nosotros pero que lleva una década de retraso.

P

En otro momento de la entrevista, Zapatero te asegura que de todo el desmontaje que realizó el PP de su gestión, lo que más le preocupa fue la eliminación de Educación para la Ciudadanía. ¿Es la educación la única solución a la homofobia? ¿Qué más se puede hacer para acabar con esta lacra?

R.-

No creo que sea la única, pero sí es la principal. En el futuro puede que nos colemos por el agujero que dejó Educación para la Ciudadanía y, hasta que se pueda recuperar, que ojalá sea pronto, hay otros parches que se pueden realizar. En 2014, Galicia aprobó la primera ley autonómica contra la homofobia, pero la presión del PP llevó a que el texto no incluyese multas contra los delitos de odio. Ese es uno de los caminos, reforzar las penas con una ley nacional contra estos tipos de delitos que proteja no sólo al colectivo LGTB, sino a las víctimas del racismo y de la xenofobia, a los discapacitados, a los miembros de otras religiones… Además, la ley gallega exigía a la Xunta que en los programas de los maestros y profesores se incluyese información contra la homofobia. Hace una semana, la Valedora do Pobo denunció en el Parlamento gallego que, dos años después, aún no se había adelantado nada en materia de educación, mientras las agresiones homófobas seguían creciendo en la comunidad.

P

En ‘El fin de la homofobia’ también dedicas un capítulo entero a abordar la homosexualidad en la política, el ejército y el deporte… y no hay ningún futbolista que haya reconocido su homosexualidad. ¿Por qué parece tan difícil ser gay y jugador de primera división?

R.-

El Ejército y el fútbol comparten un aspecto fundamental, que es la importancia que se da a la virilidad, a la imagen icónica de los que salen al campo a batallar “como hombres”. Me llamó mucho la atención una entrevista que le hicieron a Michael Robinson que trajo mucha polémica porque negaba que hubiera gais en la Liga española con el argumento de que “para ser jugador de rugby o fútbol se requiere bastante testosterona. No se necesita tanta para diseñar ropa”. A esto hay que sumar que las directivas de los equipos la llevan personas de avanzada edad y mentalidad conservadora, que además presionan a los jugadores para que mantengan su condición sexual en secreto, ante el miedo de que eso repercuta en la imagen del jugador. Una imagen que mueve muchos derechos y mucho dinero.

P

En tu libro entrevistas a José Luis Rodríguez Zapatero, Ángeles Álvarez, Carla Antonelli o Esteban Ibarra. ‘El fin de la homofobia’ está prologado por la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, y el origen de la obra está en la fundación de Baltasar Garzón. Todos son de izquierdas… Es cierto que ya no se manifiestan contra los gays y ahora incluso van a bodas de homosexuales, pero el Partido Popular parece incapaz de ser relacionado con la defensa de la diversidad sexual. ¿Por qué?

R.-

Pues si había discrepancias en el principal partido de la izquierda, imagínate en el de la derecha… Y tanto por la ideología que profesan sus dirigentes, como por el miedo a las encuestas, que en el PP será mayor que en el PSOE. En el PP, al igual que en cualquier sector de la vida, hay muchos homosexuales. Algunos han dado un valiente paso al frente, como Iñaki Oyarzábal o Javier Maroto, y hay que apreciarlo y esperar que esa normalización y visualización ayude a cambiar al partido como, salvando las distancias, pasó con Pedro Zerolo. Pero, por definición, ser conservador implica llegar más tarde al progreso. En su día, también se opusieron al divorcio y hoy no creo que haya muchos en el PP que lo rechacen, por no hablar de los muchos que lo han puesto en práctica.

P

Para cambio significativo el de la Iglesia. Han pasado de manifestarse en la calle a favor de la familia tradicional a tener un papa que asegura no ser quién para juzgar a los gays. ¿El cambio de postura es fruto de una reflexión o simplemente postureo de cara a no perder fieles en una sociedad que afortunadamente respeta la diversidad sexual?

R.-

Pues supongo que un poco de las dos cosas. La Iglesia lleva en el negocio de la fe más de dos milenios y ninguna empresa o institución dura tanto si no sabe adaptarse a los nuevos tiempos. Además, hay que tener en cuenta que la mayor influencia de la Iglesia Católica está en Europa y en Latinoamérica, los dos continentes con mayores avances en derechos LGTB. Pero también es cierto que el nuevo papa es una persona radicalmente diferente a su predecesor y viene de una corriente religiosa más progresista. Y ha supuesto un soplo de aire fresco. Yo, personalmente y al contrario que Groucho Marx, no querría estar en un club que no me acepta como miembro. El problema es cuando ese grupo privado nos quiere imponer a los demás sus normas. Aún así, la influencia de la religión en millones de personas es innegable y siempre es más positivo cuando su líder espiritual aboga por abrazar al diferente en lugar de tacharle como un “depravado”.

Fuente: El Plural

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