Día Internacional contra la violencia de género: El silencio también mata

Ya son 45 las mujeres asesinadas este año por sus maridos o ex parejas y 23 los menores que se quedan sin madre. A pesar de este drama hay víctimas que logran salir. Son las supervivientes.

Carmen Benito: la casa de flora, la ecoaldea para las que dicen «basta»

Hace siete años, Carmen consiguió salir de la situación de maltrato en la que había vivido desde que empezó a compartir la vida con el que era su marido.Tardó 11 años en dar el paso porque «no es que aguantes, es que no puedes salir. Son meses, años…», reconoce esta mujer valiente. «¿Sabes cuando oyes hablar del Síndrome de Estocolmo que sufren muchos secuestrados? Algo parecido nos pasa a nosotras, pero añadiendo la parte sentimental que nos ha unido tantos años». Y es que «el enganche», como lo llaman muchas de las mujeres víctimas de violencia de género, es muy poderoso. Tanto que, en el caso de Carmen, «me fui siete veces y esas siete veces volví en tres años. Recaes y no eres capaz de salir». Hasta que en una de esas ocasiones no dio marcha atrás. «Los dos últimos años empecé a entender lo que ocurría. Me sentí identificada con un caso que vi en el Telediario».

Como muchas mujeres, Carmen no denunció. Simplemente huyó de su maltratador y por eso no recibió ninguna ayuda, ni psicológica, ni financiera. «Eso ahora ya ha cambiado, ya no es necesario denunciar».

Durante su recuperación, Carmen supo lo que quería hacer: ayudar a otras mujeres que estuvieran en la misma situación porque «cuando sales del círculo, lo que quieres es volver a ser la de antes».

Así fue como, con la ayuda de la psicóloga que la había atendido, se lanzaron a crear La Casa de Flora, una ecoaldea –de la que preservan su localización– donde las mujeres supervivientes pudieran realizarse y encontrar su forma de empezar una nueva vida. «Lo que queremos es que las mujeres no tengan que estar cambiando de una casa a otra, crearlas una estabilidad». La casa la han rehabilitado con ayuda de diferentes empresas y cuenta con su propia huerta. «La idea es que las mujeres estén allí entre seis meses y un año». Reciben terapia psicológica y perciben «una vía real para salir adelante». «Es un poco como una comuna», bromea.

María e Irene: Cuando el maltratador abusa también de las hijas

María tenía 17 años cuando empezó su pesadilla.El control comenzó siendo sólo novios. «No te pongas falda corta, eso es de busconas; no te pintes, me decía, llamándome constantemente». Entonces María, nombre ficticio para preservar su seguridad, no se dio cuenta del control qué él ejercía. Pronto se quedó en estado. Y el control, lejos de disminuir, fue a más. «Me dejó tres días encerrada en casa». «Físicamente a mí no me maltrató, bueno muy poco, fue sobre todo psicológico». Sobra decir que cualquier control es maltrato, así como que no hay muy poco maltrato, cualquier empujón, basta. María recuerda con nitidez la primera bofetada que recibió. “Salí de casa con mi hija mayor a buscarle. Al no encontrarle nos volvimos. Al llegar a casa me insultó, me pegó y rápidamente se puso de rodillas y me pidió perdón”. María quiso ver arrepentimiento, hoy no lo vería así. El control continuó. «‘‘Cuando yo venga vamos a la compra, cuando yo venga vamos a…’’, me decía». No importaba el qué, sólo que no pisara la calle sin él.

A pesar del miedo que María le tenía y le sigue teniendo hoy, lo peor aún no había llegado. La necesidad de su ex de ejercer el control llegó hasta tal punto que las cuatro hijas que tuvieron “fueron programadas por él. No quería que yo trabajara. De ahí que todas mis hijas se lleven cinco años”. Pero entonces nadie podía imaginar el infierno que se avecinaba. No sólo la madre no podía salir de casa, ni para llevar a sus hijas al parque infantil, sino que por si se le ocurría él “ponía un papel pequeño en la puerta para saber si mi madre salía”, apunta Irene, nombre ficticio de una de las hijas. Irene recuerda el miedo que le tenía.

Durante su infancia y adolescencia la palabra «control» se queda corta. «Abusó de mí y de dos de mis hermanas. De la pequeña no, porque no le dio tiempo». Su padre era cazador. «A medida que nos fuimos desarrollando nos empezó a llevar con él los fines de semana. Cada vez era una. Él decía a mi madre que era para que le hiciéramos la comida, la cama, etc. Éramos sus criadas en todos los sentidos…».

«Nunca le he descrito a mi madre lo que me hacía. Ni en el juicio, porque declaramos cada una por separado. Yo sé que mi madre no sabía nada cuando empezó a pasar, ella le tenía pavor, bueno, entonces todas».

«La primera vez que abusó de mí no se lo dije a mi madre. Entré en estado de shock». En ese momento de la entrevista a Irene le tiemblan las manos. «¿A quién se lo iba a decir yo?, ¿a mi madre, con el miedo que ella le tenía?, ¿en el colegio?», se pregunta. Ahora parece fácil responder que sí, pero hay que tratar de ponerse en la piel de una menor. Lo mismo le pasó a dos de sus hermanas.

Pasaron los años y un día Irene se negó a comer: «Pensé que era mejor morirme. Recuerdo que llegué a desear que me pegara un tiro”. En ese momento su madre intuyó que algo no iba bien. A pesar de que al principio se lo negó, Irene sacó fuerzas de las entrañas. Creía que nadie le iba a creer. No fue así. «En cuanto entre por la puerta le mato», pensó la madre, que se dio cuenta del riesgo que corrían sus hijas si no salía bien. Pidió ayuda, denunció y días después fue detenido. «Nos dijeron que no volviéramos a casa bajo ningún motivo, ni a por ropa ni a por fotos. Es importante no hacerlo, porque en ese momento no ves el peligro», apunta Irene.

Tras pasar por un hotel, acudieron a la Federación de Asociaciones de Mujeres Separadas y Divorciadas, que, al ver la gravedad de lo ocurrido, rápidamente les dieron plaza en el único centro integral que existe en

España. «Estuvimos dos años en el centro” y otros dos más bajo tratamiento», recuerdan. Hoy Irene ya no le tiene miedo. «Yo sí», reconoce su madre, «no sé si sigue o no en prisión. Si continúa, no le queda ya nada para quedar libre, y seguro que le han dado ya el tercer grado. He solicitado esa información, pero no me la dan». El miedo de María es lógico y, aún así, «alza la voz» para pedir a las mujeres que no se callen, que busquen ayuda, la ayuda adecuada.

 Modesta Carne Gil: «Mi padre maltrató a mi madre y, años después, mi pareja a mí»

Modesta, o Mode como prefieren que la llamen sus amigos, acaba de llegar a Madrid. Ha llegado en el último AVE que sale de Valencia. Al día siguiente va a saltar en paracaídas, como forma de demostrar que es

capaz de superarse. “Tras conseguir denunciarle, ya sé que soy capaz de todo”. El reto se lo propuso la Fundación Ana Bella, la que la ayudó a salir del infierno de maltrato en el que vivía junto a sus dos hijas pequeñas. Pero lo que aún no ha conseguido es desprenderse de su maltratador, que no cumple el dictamen de un juez por el que tiene prohibido comunicarse con ella. En el trayecto Valencia-Madrid, “me ha mandado unos cuantos WhatsApp y eso que lo tiene prohibido. Puedo llegar a recibir más de 160 en menos de 24 horas”. Enseña a la periodista su móvil con todos ellos. Ella nunca responde. “Lo peor es que además de amenazarme con que si me ve con otro le matará, también me manda pornografía”. Esto último es uno de los motivos por los que no quiere que su hija pasé mucho tiempo con él. “No me fío”, dice. Esta valenciana, menuda pero con una gran fortaleza, sólo se derrumba cuando habla de dos momentos de su vida: cuando intentó quitarse la vida y al recordar la muerte de su madre. Y es que aún se siente culpable por no haberla ayudado lo suficiente cuando su padre la maltrataba. “Mi padre era bebedor y agresivo. Me llegó a romper el tabique nasal cuando le llevé la contraria”. En ese momento ella, ya una adolescente, le denunció y nunca volvió a casa. Sin embargo esa no era la primera ocasión que pasaba miedo cerca de él. “A ella la degradaba casi todos los días. Vivíamos en un pueblo pequeño y nadie decía nada”. Una noche Mode se despertó y al entrar en la habitación de su madre, “ví como mi padre intentaba ahogarla con una almohada”. Pudo evitarlo, pero años después ella también caería en el mismo círculo de la violencia. “Sin darme cuenta, al final también me ha tocado a mí”. Brotan lágrimas de sus ojos: “No sé podría evitarle el sufrimiento a mi madre”. Sus dos hijas, Lucía y Esther, son su única preocupación. Todo lo organiza en torno a ellas. Pero no siempre fue así. Mode se vuelve a emocionar. En mayo de 2013, por amor, decidió mudarse a un pueblo de Sevilla, de donde es su maltratador. “No dejaba de darle oportunidades”, reconoce. Dejó un trabajo fijo en su ciudad por él, para “que tuviera opciones de encontrar un trabajo”. Los problemas no tardaron en reproducirse. “Por cualquier cosa saltaba” y una noche, tras otra disculsión escuchó cómo le decía a su madre: “¡Tírala por la ventana! No la quiero aquí”. En ese momento sus hijas estaban con una vecina. “Se me cruzaron los cables, cogí el coche y me tomé una caja entera de Trankimazin”. La encontró la Policía y la trasladó al centro médico. Allí se despertó con dos nombres en su boca: Lucía y Esther. Temía que no estuvieran bien. Ahora sólo lucha para que los padres de ambas -el de la segunda es el que la maltrató y aún la persigue por mensajes- le pasen la pensión alimentaria que les ha impuesto la Justicia. “No quiero volver a saber nada de hombres”, sentencia.

Fuente: La Razón

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