Abusos sexuales a niñas y niños

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Artículo de Miguel Llorente.

Publicado en huffingtonpost.es

El homicidio de Alicia, la niña arrojada a través de una ventana en Vitoria después de que su madre encontrara a su pareja abusando sexualmente de ella, ha puesto de manifiesto una vez más esa paradoja humana que lleva a mirar al universo lejano en busca de preguntas, y a cerrar los ojos ante la realidad más inmediata y cercana, para no tener que dar respuestas.

La misma reacción social en forma de incredulidad demuestra que esa actitud no es producto de unos pocos ni un error, sino que se trata de un posicionamiento firme ante una realidad amparada por la invisibilidad hecha inexistencia. De algún modo, los hombres juegan a ser dioses al situarse en la cúspide de su creación cultural, pero como no pueden hacer de la nada existencia, demuestran su poder al contrario, y hacen de la realidad inexistencia: tanto poder da crear como hacer inexistente lo creado.

Nada nuevo. Hace años, cuando se empezó a hablar de violencia de género, allá a finales de los 90, especialmente tras el asesinato de Ana Orantes en 1997, ésta se negaba tras la invisibilidad de los hogares, y cuando salía a la luz en forma de homicidios eran las palabras las que la convertían en fruto de la pasión, el arrebato, los celos, el alcohol…, nunca del hombre que la hacía visible. Ahora ya no se puede negar ante las dramáticas evidencias que deja su presencia, pero aun así, los románticos del odio intentan borrarla con el argumento de las denuncias falsas, de que todas las violencias son iguales, o de que las mujeres también agreden.

Con los abusos sexuales a niños y niñas ocurre lo mismo. Ahora que comenzamos a saber más sobre ellos, en lugar de dirigir la mirada hacia el problema, se cierran las ventanas, la puerta y los ojos para intentar mantenerlos en la oscuridad. Y cuando se presentan de forma directa y objetiva, la respuesta no es diferente de lo que se decía ante la violencia de género hace años: por un lado se niegan, y por otro, se tratan de justificar sobre la patología o la anormalidad.

Y no es casualidad esa coincidencia entre la violencia de género y los abusos sexuales a menores. Aceptar su existencia y magnitud significa reconocer el problema social y cultural que hay en el origen de los mismos, y señalar de forma directa a sus autores, a los hombres que viven con esas mujeres, niños y niñas dentro de relaciones levantadas teóricamente sobre el amor y el afecto. Y claro, sus protagonistas no están dispuestos a admitirlo, ni en nombre de los valores de su cultura machista ni, menos aún, en nombre propio de una masculinidad tradicional en la que la violencia se presenta como una opción.

La inmensa mayoría de los abusos sexuales son cometidos por hombres cercanos a los menores, especialmente por los padres y padrastros.

Los datos que definen esa realidad violenta son claros y rotundos. El Informe Mundial de Violencia y Salud de la OMS (2002) recoge que entre el 5 y el 10 por cientos de los niños sufren abusos sexuales, mientras en el caso de las niñas la cifra sube hasta el 20%, citando el informe internacional más amplio sobre el tema, el realizado por Finkelhor en 1994.

No hay lugar a la duda, los datos muestran que los abusos sexuales forman parte habitual de la criminalidad, y que la incidencia en las niñas es el doble que en los niños. Con relación a los autores, revelan que la inmensa mayoría de los abusos sexuales son cometidos por hombres cercanos a los menores, especialmente por los padres y padrastros. Y respecto a los factores de riesgo, la violencia de género aparece como elemento que incrementa la probabilidad de que se produzcan.

Si tenemos en cuenta que en España se producen unos 700.000 casos de violencia de género cada año, que según la Macroencuesta de 2011 hay unos 800.000 niños y niñas que viven en hogares donde se produce esa violencia, y que por encima del 73% de las mujeres salen de la violencia por medio de la separación, la consecuencia es que la posibilidad de encontrar estos abusos sexuales como parte de la problemática de la violencia de género y las separaciones no es despreciable, pues es precisamente tras la separación cuando se ponen de manifiesto los abusos sexuales, al distanciarse del agresor y permitir a los menores que los sufren cambiar de actitud y conducta; no antes, al estar bajo la influencia de las amenazas y las complicidades que el agresor establece con ellos.

Pero en lugar de atender a esa realidad, siendo conscientes de su existencia, para profundizar en su investigación, la mayoría de las respuestas institucionales y muchas de las profesionales toman la tangente y dicen que es la madre la que manipula a los hijos para enfrentarlos al padre, hablando de SAP (Síndrome de Alienación Parental), de interferencias parentales o de otros inventos para la ocasión. Y es que resulta más fácil culpar a una mujer cada vez que cuestionar a toda la cultura siempre.

Y por si fuera poco, tras la valoración profesional de los menores se descartan los abusos con argumentos basados en frases como, “al menor se le ve feliz”, “tiene una buena relación con el padre”, “no siente miedo hacia él”…, lo cual es una demostración científica de sus prejuicios y de la falta de conocimientos sobre el tema, puesto que la mayoría de los abusos sexuales realizados por un padre no se llevan a cabo mediante el uso de la fuerza ni las amenazas, ni consisten en una penetración vaginal o anal, sino como parte de un juego y de una complicidad que hacen que el niño o la niña se sientan elegidos y protagonistas de una historia especial y secreta con el padre abusador. La situación se suele mantener bajo esas referencias hasta que se modifican las circunstancias con la separación, o hasta que crecen y llegan a la pubertad y al inicio de relaciones más estrechas con el grupo de amigos y amigas que sirven de contraste y crítica a todo lo vivido en sus casas. En esos momentos es cuando aparece el trauma psíquico con toda sus intensidad, pero de nuevo el tiempo transcurrido respecto a los momentos iniciales se utiliza en contra de los menores y como justificación de que “todo es un invento” de la madre.

Los abusos sexuales a niños y niñas están situados en la parte oscura de la invisibilidad, en la zona más alejada de ese artificio al que llaman normalidad. Negarlos lo único que hace es permitir que se prolonguen. Y mostrar incredulidad y sorpresa ante los casos imposibles de evitar sólo demuestra la incomodidad con lo ocurrido al conocerse, no con la realidad que genera cada uno de los abusos.

La violencia que se desarrolla desde el machismo no tiene límites, ni de edad, ni de formas, ni de espacios… El machismo es violencia y engaño para que no lo parezca, y una sociedad machista es una sociedad violenta y falsa, especialmente contra quienes el machismo necesita mostrarse fuerte y poderoso para sentirse superior, es decir, contra las mujeres, sus hijos y sus hijas.

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