Tres meses con una víctima de violencia de género protegida por la Guardia Civil

Teresa, a la derecha, con dos guardias REPORTAJE GRÁFICO: ALBERTO DI LOLLI

Lleva en las manos un spray de pimienta y un móvil con ‘botón del pánico’. Su vida es un increíble ritual de cautelas. Es una de las 58.092 víctimas con seguimiento policial de España. Convivimos con una para contar cómo vive una mujer que ha estado en riesgo extremo y que estudia defensa personal para protegerse de su agresor. La historia de Teresa

Teresa se mira en el espejo del pasillo y se ajusta la bufanda. Son las ocho de la mañana y ahí fuera hace mucho frío pero ella no va a salir con guantes. Necesita los dedos desnudos, los dedos sin intermediarios, los dedos libres. Porque en una mano va a llevar un móvil que tiene un botón del pánico y en la otra un spray de defensa personal. Y, a veces, una llave en punta entre los dedos por si él…

-Sé cuántas farolas hay en mi calle: 12. Y cuántos pasos separan cada una: 28.

-¿Farolas? ¿Por qué?

-Por si tengo que trepar a ellas si Satanás viene a por mí. Le llamo Satanás por el infierno que viví con él.

Hace dos años que Teresa va por la calle con un móvil en una mano y un spray en la otra.

Todos los días.

Que mira a izquierda y derecha en cuanto abandona el portal.

Cada vez.

Que lleva el coche cerrado por dentro.

Sin excepción.

Que avisa a la Guardia Civil si va a sitios no controlados.

Invariablemente.

Que camina las rotondas en sentido contrario a los coches.

Siempre.

Que no vuelve a casa sola si es de noche.

Nunca.

Hace dos años que Teresa vive con la llave de casa echada por dentro, deja las persianas bajadas cuando no está, ve pasar coches patrulla por su calle, conoce a los guardias civiles de su localidad o pasea a su perro en compañía.

Teresa es eso y mucho más desde aquel día en que llegó al cuartel de la Guardia Civil con la cara hinchada y dos vacíos, uno el del silencio de su oído derecho reventado y otro asaltando de repente su vida. «No podía creer que la que estaba allí, destrozada, marcada, muerta, era yo».

Acababa de ser golpeada por su novio en un paraje, no como las otras veces, cuando la aprisionaba contra la pared de casa, la ahogaba, la arrastraba del pelo o le ponía un cuchillo en la cara después de violarla en la cama común. Lo de todos los agresores machistas, los apuntes de Primero de Maltratador. El patrón del patrón.

Pero aquel día, el del puñetazo, los insultos y el abandono en el campo, algo cambió. Teresa reptó por el suelo medio aturdida, anduvo un rato, paró un coche, fue atendida de sus heridas y denunció.

Y ahí empezó su otra vida. Una orden de protección para ella y de alejamiento para él con una sentencia de 10 meses de cárcel y un nivel policial de «riesgo extremo». Teresa era una víctima oficial de violencia de género.

Ésta es la historia de una superviviente de la violencia machista protegida por la Guardia Civil, una de las 58.092 mujeres con seguimiento policial que hay hoy en España.

Es la historia de Teresa, que ha permitido a Papel compartir con ella tres meses de su vida actual, un manojo de precauciones, caídas y remontadas, un tiempo de miedos y sustos mezclado con amigos, guardias civiles en el whatsapp y risas. Porque una víctima no es sólo el naufragio. Es también los restos. Y esos flotan.

Teresa sale del salón y vuelve de la habitación con un librito con rayas horizontales en las hojas. Podría ser un diario, pero no lo es. Hay textos largos y cortos, manualidades escritas sin fecha. Nos enseña la última, de hace unos días. «Nunca digas ‘no puedo’; levántate, suspira, sueña y sigue adelante.La vida es un regalo».

Acabamos de volver de pasear al perro. Teresa lo ha llevado con la correa y ha guardado el spray en el abrigo. «Si voy acompañada no me hace falta en la mano». Hemos ido hablando de todo, pero ella ha detectado cada coche de la Guardia Civil o de la Policía Local por lejos que pasara. Algunos llevan una ficha de su maltratador. Y a varias patrullas ella las ha saludado con una mano o una ráfaga de ojos. «Mira, esos son mis ‘Joses’». Los Joses, sus agentes.

La conocimos a primeros de diciembre en un cuartel de la Guardia Civil, la institución que, tras meses de gestiones, nos ha puesto en contacto con Teresa para saber cómo vive una víctima en riesgo y cómo la protege un cuerpo policial.

Estamos en una ciudad de la España interior, la que nunca sale en las noticias. Hoy tampoco. Sólo su Teresa. Es alta, elegante y exquisitamente cortés. Aquella niñaCalambres es hoy una mujer con dos carreras, que escucha ópera con los ojos cerrados, lee diarios digitales con el desayuno y ama el arte. «Piedra antigua que hay, piedra que voy a visitar».

El primer día que la vimos fue en el cuartel, junto al equipo de agentes que se ocupa de ella. De ella y de otras 240 mujeres. «Un día sin un caso es una alegría», nos dice una guardia civil. Teresa está cohibida, no nos conocemos. Quiere que se visualice la vida de tantas víctimas a través de la suya, pero los periodistas no tenemos buena fama. Aun así, su respeto es apabullante. «Por favor, lo que consideréis. Yo quiero servir de ayuda a las demás y me fío de vosotros».

Entramos en un despacho lleno de expedientes. Está al final de un corredor y al pasar hemos dejado atrás la estancia donde se reciben las denuncias. Hemos visto, de espaldas, a una mujer…

En el despacho, Teresa empieza a contarnos su pasado, una biografía del dolor. El enamoramiento inicial, las primeras grietas, las prohibiciones del patrón, el control del dinero, los golpes, los terrores. A veces llora y aprieta un pañuelo que va humedeciéndose con las horas. Salpica su relato con un agradecimiento en presente a la Guardia Civil. Será una constante en estos tres meses. «Son mis ángeles. Me salvaron la vida. Y me la siguen salvando».

Teresa nos enseña un mensaje viejo de su agresor. «Te voy a matar, puta de mierda. Ni se te ocurra denunciar porque te mato».

Se oyen ruidos en el cuartel, un jaleo de voces y el grito de una mujer. Teresa se sobresalta y nos mira a todos. Es el rostro del pavor. O algo menos espectacular pero más hondo. Es desamparo. Se tapa la cara y agacha la cabeza.

-Tranquila Teresa. Voy a ver qué pasa.

Un guardia sale del despacho. Le preguntamos si quiere parar. Pero su cortesía puede más que su miedo y nos pide disculpas.

Retoma la narración de sus espantos. «Una vez vi tan cerca la muerte que sentí que Dios estaba allí conmigo. Hablé con Él: ‘Que sea lo que tú quieras, pero rápido. Llévame ya’».

Dios. En los meses que vendrán sabremos de las citas de Teresa con Cristo. Nos mandará fotos de sus visitas a templos y unas pizcas de teología que la confortan. «Si no perdonas, no te reconstruyes. Yo le perdono, pero no olvido. El resto se lo dejo a Dios».

Llegamos al día en que denunció, la mañana en que empezó esta vida. «Yo me quería quedar a dormir aquí en el cuartel, no me quería ir». Los agentes calificaron el caso de «riesgo extremo». Y ahora Teresa cuenta qué significa eso.

«Los policías estuvieron 48 horas conmigo. Apenas salí el primer día. Sólo me acerqué a la parroquia. Entraron conmigo a ver a Javier, mi cura. Le dije: ‘Si me mata, oficia tú mi funeral’. Creo que los policías se emocionaron».

Teresa se convirtió en una mujer con escolta, casi incómoda por condicionar el trabajo de los policías en vez de al revés. «Había un coche patrulla a todas horas enfrente del portal. Bajé y les dije si querían un café. Sentía que los necesitaba pero no quería dar guerra».

«El segundo día fui a comer algo con mis amigas y los policías vinieron detrás en el coche, muy despacio. Yo era como una ‘yonki’. Volví por la tarde y me metí en casa. Cuando se hizo de noche, bajé y les dije que quería dormir con ellos en el coche. Me contestaron que eso era imposible y que no me preocupara. Entonces les dije: ‘Vale, pues aparco mi coche junto al vuestro y duermo a vuestro lado’». Al recordarlo, Teresa esboza la primera sonrisa del día.

Atardece. Salimos del despacho con Teresa y una agente y nos quedamos un rato más en la puerta del cuartel. Teresa ha vuelto a coger el spray y parece más relajada que esta mañana. Pero cuando estamos a punto de despedirnos, ve a un hombre doblar la esquina y se asusta. «Bufff, perdonad, es que se parece mucho a Satanás».

La siguiente semana quedamos muy pronto para saber cómo es un día normal en la vida de las 58.092 que no tienen una vida normal.

Son las 7.30 horas y Teresa lleva una hora levantada. Se ha tomado un par de cafés y ha leído unos cuantos digitales. Tiene la llave de la puerta de casa metida por dentro. Vemos que tiene el contacto de la Guardia Civil en el «Aa» de la agenda del móvil, la primera llamada.

 

Hoy va a trabajar desde casa. Es autónoma y tiene clientes muy fieles. Aún no lo sabemos, pero en las dos próximas semanas cerrará dos operaciones jugosas. Un buen regalo de Navidad.

Nos enseña la casa, pulcra, ordenada, poblada por libros y vestida con fotos alegres del pasado de su pasado. Suena Por ti seré de Il Divo. Como cada día desde hace dos años. En la mesilla de la habitación hay una carpeta voluminosa. Es el expediente de su caso. «No lo pierdo de vista. Hay cosas pendientes y una parte de mí está aún muerta. No es el dinero, es honestidad, palabra, honor. Estamos en un mundo de plástico y yo sé que soy de barro. Pero no soy mala persona. Sólo quiero que fluya la justicia».

Salimos en coche con ella. Echa el cierre por dentro y coloca junto a la palanca de cambio el teléfono de Atempro, el servicio de la Cruz Roja para las víctimas de violencia machista que las conecta con especialistas ante una emergencia.

Vamos a un restaurante y Teresa elige una mesa con vistas… a la puerta de salida.

Pasan los días y Teresa nos va contando sus avances. La terapia con la psicóloga va bien, ha ido de viaje con unos amigos y el trabajo funciona. Pero a mediados de diciembre ocurre algo: «Le he visto».

Volvemos al cuartel y Teresa describe el mazazo. «Fui a un centro comercial que está cerca de casa y de repente vi a ‘Satanás’. Entré en pánico. No podía ni respirar. Salí corriendo y fui a refugiarme a un coche de la Policía Local en el que me había fijado al entrar. Me quedé allí con ellos ni sé el tiempo. Llamé a la Guardia Civil y a mis amigas. Me ha revuelto. Él frecuenta mi restaurante favorito, sabe por dónde me muevo. Esto no es muy grande. Sé que va a venir a matarme. Y a mí no me importa morir, me importa que me mate él».

Los guardias civiles comprueban si el lugar está en el radio de los 500 metros de alejamiento que tiene marcados el agresor.

Teresa pasa las Navidades con su familia. Barruntó un viaje, pero al final tomó las uvas en casa con unos amigos inseparables. Es una mujer que vive sola pero no lo está.

Le proponemos conocer a uno de sus grupos. Allí están Berta, Pilar, Alicia, Ángeles, Juan, Saúl…

-Tiene un radar para los coches de la Guardia Civil.

-Hablamos mucho de su caso. Está presente porque a ella le ha cambiado la vida.

-Cuando vamos a un sitio concurrido entramos por la puerta donde hay una patrulla. Si no la vemos, ella acaba sabiendo dónde está.

-No me podía imaginar lo que pasó. Es guapa, tiene buena posición económica y es muy independiente. A mí esto me enseña que nos puede pasar a todas.

-Es injusto que ella tenga que estar vigilando todo el día. ¿Qué tiene que hacer un maltratador para estar en la cárcel? ¿Matarla?

Teresa lleva meses en un curso de defensa personal. Confiesa que no sabe si sería capaz de responder a su agresor, eso del golpe en la garganta o en la base de la nariz. «Me han enseñado a no llevar coleta, porque así es más difícil que te agarre, y a no ir con cascos por la calle. Y a decir ‘¡fuego!’ en vez de ‘¡socorro!’, porque la gente con ‘socorro’ no acude, pero con ‘fuego’, sí».

A mediados de enero,Teresa celebra su cumple con una cena entre amigos, ese mundo que se turna con las Fuerzas de Seguridad para estar al quite. Será por eso que se ha acercado al cuartel con una ensaimada.

Estamos con ella en este día distinto con tantas cosas iguales. El teléfono Atempro está cargándose en el salón. «Lo llevo hasta para tirar la basura». Teresa nunca coge llamadas de números que no conoce y sigue abriendo la puerta de casa con el spray en la mano. Dos vecinos saben su historia. No cotillean. Calman.

Teresa tiene un libro abierto. Es una novela histórica. No sería raro si no fuera porque hace dos días que ha vuelto a leer después de dos años. «No leía, pasaba páginas. No me concentraba. Hoy, al fin, sí».

Antes de salir, guarda en el bolso una copia de la orden de alejamiento atada con un lazo. «Lo hago todos los días. Mi salvoconducto».

Por la ciudad lo mira todo alrededor. «Antes iba por la calle como Heidi; ahora como un periscopio».

-Dices que las rotondas te dan miedo. ¿Por qué?

-Porque en una calle siempre hay algo a lo que subirte. En las rotondas, no.

Teresa se fija en los contenedores de ropa, una ocasión para encaramarse si aparece el infierno. Y sigue captando con puntería insólita la aparición de cualquier coche policial. «Si no fuera por las patrullas, yo no saldría a la calle. Llevas la muerte en los talones pero sé que con ellos, él no me va a matar».

Matar. Enero ha acabado con seis asesinadas, uno de los peores meses de la historia. Teresa vuelve a recibirnos. Parece herida. «Lo he leído. Me revuelve cuando hay noticias sobre violencia de género; se multiplican las pesadillas. He llegado a cambiarme de camisón dos veces en una noche por el sudor».

Quizá eso contribuyó a su flacura. La Teresa de hoy es delgada, pero tiene 14 kilos más de los que perdió en los últimos escalones del averno. Igual por eso tardó un año y medio en viajar. O 10 meses en salir a cenar.

Parece haber un asomo de estrés postraumático, un diagnóstico periodístico con permiso de Alba, la psicóloga de sus mañanas a demanda. ¿Cómo si no entender lo que ha pasado en el quirófano?

Es 14 de febrero. Teresa se somete a una operación que sólo requiere anestesia local. Ha avisado a la Guardia Civil, y Servicios Sociales está al tanto. Nos recibe al día siguiente con una venda en la cara y su sonrisa a media asta de casi siempre. «Ayer fue todo bien, pero hubo un rato… Cuando vi los intrumentos les pedí a los médicos que los taparan porque había cosas afiladas que me recordaban a los cuchillos. Y me operaron de lado».

-¿De lado?¿Por qué?

-Porque no me puedo tumbar boca arriba. Me recuerda cuando él me forzaba a tener sexo.

Salimos al sol y todo tiene otra pinta. Risas. Y un plan para hacer un viaje a Beirut con una pareja amiga. Julia y María pasan en la patrulla y hablan con Teresa.

-Hombre, a Beirut… ¿Y no podrías elegir un destino más tranquilito, tipo Toledo?

Más risas. Las dos guardias civiles y sus compañeros Alberto y Estela conocen a Teresa desde hace dos años, contactan con ella y de vez en cuando le piden que se pase por el cuartel. Eso cuando no es Teresa la que se presenta con algún dulce. «Nosotras conocemos a las víctimas en su punto más bajo.Te miran y no te ven. Los primeros días Teresa no podía ni hablar, era un aggg, aggg. Ahora es otra, ha evolucionado mucho. La llamamos cada cierto tiempo, pero no todos los días porque la puede revictimizar. Eso pasa con muchas mujeres».

El fotógrafo cuida la intimidad del trío. Y dispara. Pero, como dice su colega Nacho Álvarez, «la suerte de ser fotógrafo es que cuando apuntas y disparas, todo se vuelve inmortal».

La orden de alejamiento caduca en abril y Teresa tiene ese mes marcado en su presente. Quiere adoptar un perro adiestrado para proteger a víctimas de violencia machista. Y enrejar las ventanas de casa. Las guardias civiles le dicen que seguirán protegiéndola y Teresa, la amable Teresa, se lo agradece.

Pero un rictus de quebranto le regresa.

-Me pregunto qué pasa con las víctimas cuando el agresor sale de la cárcel o termina su orden de alejamiento. ¿Quién es el que deja de estar libre? Porque yo no vivo, yo dejo que los días pasen por mí.

 

Fuente: El Mundo | Rafaél J. Álvarez & Fotografía por Alberto di Lolli

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